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jueves, 22 de septiembre de 2011


Alzheimer, intento olvidarte. Pero al contrario de lo que provocas tú, yo no puedo. Te saliste con la tuya y no perdono. Llegaste inesperado, primero sutil: preguntando la hora dos veces seguidas, yendo a la habitación sin saber a por qué iba, despistándose en el camino de vuelta a casa. Nadie se alarmó, son cosas de la edad. Pero poco a poco te fuiste colando, malo, como un ladrón que revuelve los cajones y se lleva lo que le apetece. Te gustaron sus recuerdos y te los fuiste quedando. ¿Por qué? Él lo negaba, quiso ser siempre joven, quería ocultarte en su orgullo, hasta que un día, mientras fisgoneabas y descolocabas sus recuerdos, te descubrimos. Alguien dijo ¡Alzheimer!, y tú corriste a esconderte mientras todos nos volvimos sobresaltados, y dubitativos pensamos ¿por qué a él? Desde ese momento ni siquiera te molestaste en disimular, le alejaste del campo, de los veranos en la playa, de los partidos de fútbol. Le robaste el tiempo y le encerraste en el pasado. Te llevaste sus manías y le trajiste otras. Eso no se hace, Alzheimer, le pusiste la memoria patas arriba y nosotros tratando de detener aquello que sólo iba a más. Un día, se olvidó de nuestros nombres. Eso todavía duele. Pero debes saber una cosa: no te saliste con la tuya. Te pudiste llevar todo, y casi lo haces, todos sus recuerdos fueron tuyos. Nos le quitaste a él. Pero hay algo que nunca podrías haberle robado, y que nunca hiciste: a nosotros. Con la memoria vacía, sólo llena de la niebla gris del olvido, siempre hubo algo que tuvo consigo hasta el final, nuestro amor.

viernes, 23 de octubre de 2009

Sé que mañana me dirás que yo tenía razón, que no existen las cosas imposibles y que siempre hay una solución para aquel que no se cansa de buscarla. Me abrazarás con ese cariño de antes y te reirás conmigo de todos aquellos que decían que el Alzheimer era incurable, y que llenos de razones me afirmaban que jamás volverías a llamarme por mi nombre, sin que otra persona lo reconstruyera por un momento en tu memoria en ruinas.

sábado, 25 de abril de 2009

Son las 2:40 de la madrugada, y el enfermo tiene uno de esos ataques insomnes que le aquejan noche sí, noche también. Su diálogo cansado y perdido se opone a todas nuestras proposiciones de ir a dormir. Sinceramente, no entiendo ni una palabra de lo que dice. Tampoco muestran nada sus ojos, nada más que vacío, o algo parecido a la insensibilidad. Nada de lo que dice tiene sentido. Nada de lo que le digo yo, tampoco. Hablamos, pero no nos entendemos. Y así podríamos seguir toda la vida, hasta la muerte, oyendo sin escuchar, mirando sin ver, gritándole a ese eco sordo que es su mente, su mente, el gran misterio de la humanidad.